Por Salvador Medina Barahona
(Palabras pronunciadas durante la presentación formal del libro Meditación en un laberinto y otros extravíos de Javier Romero Hernandez; dado en la galería Manuel Amador Guerrero de la Universidad de Panamá, el martes 30 de enero de 2006.)
“Meditar es confundirse con los otros”, sentencia Javier Romero Hernández desde algún rincón de su laberinto. Escenario para la búsqueda de sí mismo, para la indagación de las propias huellas, el poemario homónimo a una de sus partes es, sobre todo, el camino de vuelta de “los fragmentos a su imán”, por hacer alusión al título de uno de los libros capitales en el universo poético de José Lezama Lima, sin duda antepasado prodigioso, sedimento líquido en el que abreva todo nuevo viajante, todo nuevo retorno. Dicho de otro modo, esta urdimbre de palabras y símbolos intenta dar el salto de conciencia que hace al hombre despojarse de todas sus vestiduras y lo deja ya no como hombre, ya no como ser humano, sino como parte constitutiva y nunca desprendida del gran Todo, como Ser. Trabajo de toda una vida, hallarse es hallar a los otros. Meditar, como recurso de conciencia, es meditar con los otros. Confundirse, fundirse con, hermanarse; letras cabalgando en una sola, mayúscula palabra: “Meditar es confundirse con los otros”.
A partir de esa poderosa intención, empeñado en esa difícil hazaña, el poeta camina y descamina, anda y desanda, se da golpes como un animal ciego en las paredes de su hora, persigue el resquicio de su libertad y nos hace reasumir los versos imborrables de Sabines: “Lento, amargo animal/ que soy, que he sido,/ amargo desde el nudo de polvo y agua y viento/ que en la primera generación del hombre pedía a Dios.”
Y nosotros, a un tiempo solidarios y necesitados de su guía, de su trazo a oscuras, iremos a página abierta andando y desandando, con él, por él, a través de él; y haremos ese trasiego de múltiples jornadas; y nos doleremos sordamente; y haremos lucha de ideas; y nos amaremos hasta el incendio del mundo, la conjunción del universo y la oblación de la sangre. “Buzo de los símbolos/ me ahogo/ en el párpado entreabierto de la noche”, será la anunciación magistral del inicio de nuestra agenda, en unos versos que atañen al arrojo, pero también a la incertidumbre.
Este poeta, antes que jugar a la dispersión, a la huida, se atreve, se ahoga en la oscuridad. Sabe que todo dolor tiene su norte, su punto de llegada; toda muerte, su resurrección; toda sombra, su pálpito de luz. Hombre al fin, no tiene otro remedio que reconocer su humanidad maltrecha, su limitada carne: “Soy un hombre/ ―nos dice― una duda/ un minotauro en otro ser que desconoce.” Y, más allá de este limitado acto de conciencia, subsiste el deseo de trascender de él hacia él, y de él hacia los otros. La circunstancia, el lenguaje de esa circunstancia, el poema en fin, van dando paso a esta tenaz afirmación. Estos versos lo enuncian: “Porque siempre colgará tu sombra/ como un fruto oscuro,/ que tal vez quisiera transformarse en ave/ y no caer/ como un latido de hojarasca hacia la nada…”
Páginas abajo, el poeta habrá e insistir: “Aquí, en esta tierra, los hombres no morimos:/ esperamos turno por un par de alas…”
He dicho alas, y se me viene a la mente Chuchú a través de esta palabra puente que Javier nos ha puesto en el lienzo amarillo de su libro y que me sugiere encuentros con aquel señor grande, niño grande de nuestra Literatura. Niño grande y malcriado, niño grande y fúrico, niño grande y querido como las notas marginales de una música rota. Y entonces se me ocurre que aún debe estar dando avionazos por el cielo, en espera de su turno para hablar con Dios y decirle cara a cara que no existe, que es un invento de los hombres, una usurpación, una media verdad, porque él es Dios y todos y todo somos Dios, únicos y vivos como la presencia de una flor, la lágrima de un muerto, una piedra. Se me ocurre, por un momento, que Chuchú, pese a su osadía, aún exigirá sus alas, su lugar en la enorme desolación, en la nada total. Se me ocurre que mientras esto pasa Chuchú nos llama por su teléfono de sueños, Javier. Y tú que le contestas con la incredulidad en los ojos. Y él que nos vamos de bar, de putitas queridas, de motonetas por las calles. Y yo que le digo maestro díganos Carnac, que en su voz suena más hermoso, más cercano a la alegría. Y él que, sonrojado, como el gran niño que todavía sigue siendo, me dice: “Soy yo quien empujó estas piedras…” Y tú que, sin respetar sus canas, le dices tengo una brillante refutación, maestro. Y yo que te digo cállate, déjalo terminar. Y tú que no, que el mundo no es como lo pinta él en su poema, que el mundo duele como un clavo, y que sí, que “qué grandioso fue ese día/ encontrarnos entre todos,/ y entre todo, encontrarnos a nosotros,/ hermanos, reflejos, semejantes,/ consagrados en la cacería,/ unidos para perseguir la bestia con el sílex/ sin saber entonces/ que empuñábamos el arma,/ la ciencia, la ceniza, la cicuta,/ y la última consecuencia de la especie.” Y que, dicho esto, llora Chuchú, como el niño que todavía es, porque no le gusta su Carnac, porque el tuyo, Javier, se acerca más a esta hora de dudas y de espantos: “¡No es justo, Javier, no es justo!”, te grita. “¡Yo aún luchando por mis alas y tú, aquí, acobardado, como el mejor de los valientes, padeciendo esta tierra!”
La poesía de Javier Romero Hernández es todo menos una promesa. Porque ya es un vertedero de aguas profundas, un profundo vertedero de aguas, una impronta firme, durable desde su nacimiento. Leo en él, agradecido, a un genio poético que nos brinda esta riesgosa declaración: “Soy yo y esta campana/ dispersando el polen de iracundos calendarios/ sobre aquellas manos/ donde cada estación ha sufrido un nombre,/ un poema,/ una mujer que todavía vive/ en las ocres cicatrices del otoño,/ donde un pájaro dactilar perpetuamente se está abriendo,/ derramando en cinco pétalos su muerte.”
Sólo un poeta de genio tiene esta capacidad de sugestión, invitándonos a las múltiples lecturas de un poema que dice lo que dice y que es, además, como en este caso, toda una provocación a discurrir sobre el onamismo ingenuo, la hazaña erótica, o la peligrosa consecuencia de derramar, por obra y gracia de nuestros “cinco pétalos”, nuestra propia muerte, alta enseñanza taoísta.
Por la vía erótica retornamos a nuestro tema de inicio. Cito para ello un poema magistral, Fogata: “Orgasmo,/ protolengua luminosa:/ el trueno se hizo falo,/ hembra la madera,/ concibiendo para siempre/ la esperanza/ y el incendio.”
No hay duda de que hacer conciencia de nuestro ser supone, para algunos, la conjunción de los cuerpos, la cópula de vida y muerte hacia la esperanza y la luz. Este poeta lo sabe y lo ha escrito en lava ardiente, augurándonos lo grande y lo peligroso de aquel poder engendrado por la fusión de los cuerpos; lo que tiene de ruta y de perdición. Nos ha entregado una metáfora natural, una imagen que a través de los elementos primigenios describe el punto máximo del que bien un día podríamos despeñarnos. Por eso no nos extraña este testimonio, esta punzada en el ojo y el corazón, esta forma de perdernos y encontrarnos bellamente: “…cuando acongojados aprendimos a amar en la otredad.”
Si encontrar ese Ser que somos todos fuera tan fácil, no estaríamos aquí, celebrando a un poeta, un lazarillo que apenas ve y que viendo nos sostiene, y que nos hace realizar que, por retrógrado que pueda parecer, el sufrimiento, el ensayo y error de estos días innombrables nos deparan, de a poco, la salida del laberinto, el arribo al punto de luz que está más allá de la asfixia. Mientras, nos dice que como bálsamo está el amor; esa forma imperfecta y sublime de hacernos y sernos; esa humedad aún misteriosa y posible, como el mar: “Cierto, Violeta,/ el mar es todo… y pienso que también nosotros lograremos encontrarnos, allí,/ en esa dispersión de espuma/ y reverberaciones paralelas,/ donde se congrega el tiempo y los latidos/ de todos aquellos seres que quisimos amar.”
De modo que he venido desde ese silencio, desde esa soledad de que me acusan, a caminar contigo, Javier, a confundirme en el llamado de las luces, a estrechar tu mano como tarántula que apresa y libera misterios de esa vida otra que llevas en la sangre. He venido, en fin, a recorrer tu laberinto, y a descubrir, emocionado, tu ser permanente y tu palabra.
(Palabras pronunciadas durante la presentación formal del libro Meditación en un laberinto y otros extravíos de Javier Romero Hernandez; dado en la galería Manuel Amador Guerrero de la Universidad de Panamá, el martes 30 de enero de 2006.)


















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